Este que conocerán era mi jefe, lo fue hace muchos años, tantos que si no fuera por este testimonio añejo creo que hasta apostaría que fue un mal sueño. Aquí va, un legado histórico que, como la ley, ya prescribió en mi naturaleza, y él, espero, haya evolucionado hacia algo mejor.
Disfrútenlo.
Contar algo de él es lo de todos. De su historia personal nada puedo atestiguar, salvo que fue bautizado para crear y ahora es sólo un bullicioso pedo. Tal vez pueda afirmar que todo le pasó en justa medida, ni más ni menos, con el mismo derecho a aguantar que tiene toda alma viviente. Un semejante en algún momento de su biografía. Padre, amigo, camarada, amante, marido.
Como pasaré a narrar, nunca nos percatamos de aquel sumiso instante en que él se apoderó de nuestras existencias. Aun hoy, algunos todavía ignoran que le pertenecen. Fue sagaz, cuidadoso e inteligente, como aquel flautista, nos condujo por rutas sin retorno.
Ya en ese entonces nos robaba y como una manera de excusar nuestra propia negligencia en esa turbiedad asfixiante, siempre lo negamos. Divertía vernos las caras cuando coronados de hipocresía justificábamos al granuja. Tal pavor le teníamos a sus berrinches odiosos que dolía ver como se nos estrujaba el estómago con sólo saber de su cercanía. A puertas cerradas susurrábamos la secreta fantasía de verle desaparecer ahí mismo. Nos dominaba, hasta en nuestra intimidad, y él lo sabía con sobrada fastuosidad. Los tiranos saben de eso; se alimentan del temor y del desaliento, y vaya que lo teníamos bien alimentado a este. Éramos meretrices y él nuestro chulapo. Hipócritas diplomados.
Era el carcelero y se imaginaba el guardián. Era el despreciado y le tratábamos con amor, con esa depravación experimentada sólo por los martirizados enviciados con sus victimarios. Tenía derecho a serlo, lo había ganado con padecimientos; había aprendido a muy temprana edad. Había recibido lo suyo y propiamente trataba. Quizás peor, aunque para ser justos, muy refinadamente. Nos aleccionaba en la interminable cadena de la opresión.
No era complicado imaginar lo que pasaba por su mente, ni cuales eran sus anhelos. Un ser minúsculo con la ilusión de un Mesías. Sin duda que era feliz en esa matinée creada por él. Ni con tanto pero con lo suficiente el peculio lo puso ahí. Igual que con nosotros y su yugo, calladamente la indecencia se apoderó de su esencia. Como una prosa. De continuar así de berro irá él solo a su entierro.
Quien se interpusiera en su vereda era aplastado con el cagón y horrorizado poder que le dispensamos. De hecho, llegado mi momento no puedo hacer alardes de previsión. Ni un solo signo me puso sobre aviso. Algunos, con miradas huidizas, intentaron darme excusas anticipadas por la mala jugada, pero no supe deletrearlas. Como buen pendejo que soy hasta le agradecí la patada en el culo. Aun después de tanto tiempo no logro retirarlo de mi hollejo. Su impronta fue profunda, tanto que cuento esto a modo de ejercicio, con la esperanza de exorcizarle, de ahuyentarle y evitar que me siga descarnando.
lunes, mayo 02, 2005
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1 comentario:
Estimado Amigo:
Poco seria decir que me siento identificado, con "El Jefe", pero es escalofrio que me recorrio la espalda al leerlo, me dice que en realidad, el "infame" logro ejercer sus influencias no solo en ti, somo muchos los que con la vista apagada y con la memoria omnubilada, caminabamos por aquellos pasillos de ese hospital. Pero amigo, el mundo esta mas que ese hospital y esta deseoso de ser conquistado, y aqui estamos, intentando exorcizar los malos recuerdos, para poder enfrentar un futuro, que a lo mejor nos encontrara kinesiologando o no?? en algun rincon de ese mundo ya conquistado.
Mauricio
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