
Bendito día.
Despìerto temprano y a eso de las 10 de la mañana me encuentro con mi hijo mayor chateando por skype. Espero ansioso el saludo.. y... ¡nada!. Le pregunto que si se acuerda de .... y aparece un emoticón con cara de: "Perdón, ¿hoy es el día del padre?". Pienso: bueno, es que están a 3.000 Kms ... pero eso no aminora la ansiedad. Solo se disculpa por no acordarse y ¡no me dice nada!. Sigo quedando sin saludo.
Tres días atrás, por teléfono, le pedía que recordara saludarme este día solicitándole además me enviara como regalo una foto reciente suya con su hermano. Ese mismo día en la mañana había dado una clase de comunicacion donde hablé a mis alumnos sobre la importancia de hacer pedidos, buenos pedidos. Siete días antes participé de la clase de un amigo donde ese mismo fue el tema central. Por tanto me fue cómodo hacerle ese pedido a mi hijo, es más, me entrené y de paso a el también.
Mi sentir era: ¡Vaya, es que lo necesito!. Necesito el cariño de mis hijos, más que saber que está allí por defecto (el de ellos está casi en el extranjero), necesito que me lo digan. Tal vez sea un atentado a la espontaneidad del momento, pero ¿que mejor que pedirlo?. Al menos es claro lo que quiero.
Volviendo al chateo, le recorde a mi hijo el pedido del día previo y dejamos la conversación escrita(no logramos conexión por audio ni video) para que fuese a cumplirlo. Me quedé feliz en espera de la foto y la llamada telefónica que acordamos le acompañaría para, además, escuchar a su hermano pequeño que aún no sabe escribir.
Casi al momento recibo una llamada de mi padre en Venezuela para saludarme, y por supuesto para recibir su propio homenaje. Le comenté lo que me pasaba con los chicos y nos reimos sobre una similar condición que le acontecía a él y el motivo de su llamada.
Tampoco tuvo miramientos con eso de la espontaneidad del afecto ni con juicios sobre perseguir el cariño de los hijos. Con alguna interferencia en la linea nos despedimos satisfechos y cariñosos.
A eso del mediodía sonó el teléfono y atiendo al padre del hijo de mi mujer que le llama para saludarle.¿?. Nos festejamos mutuamente. Ignoro si estaba en la misma pero me pareció todo demasiado sincrónico como para pensar otra cosa. Debe haber intuído que la hora pasaba y ninguna manifestacion del día del padre se perfilaba en el horizonte. No dudo que asumió la misma determinación que mi padre y yo: pedir. De otra manera puedo asegurar que se habría momificado esperando la motivación de su adolescente retoño para que cumpliese con el anhelado saludo.
En cuanto a mi, todavía espero la foto y el llamado. Si mis hijos celebraron a alguien, ciertamente no fue a mi. Y sobre eso no voy a opinar aquí. Imagino que su madre tendría mejores planes para este día. También recibí un saludo por ¡¡¡mi santo!!(¿?) brindado por el adolescente retoño, quien estaba muy compenetrado en lo que hoy se celebraba.
Ya por la noche intenté contactar a mis peques pero la nieve magallánica jugó en mi contra y no quiso nada conmigo.
Bueno, todos los días se aprende algo nuevo, las emociones me inundan, aunque despotrique contra estos marqueteros e inventados días pensados para el consumo masivo.
Al fin y al cabo pueden ser buenas excusas para aprender a pedir.
2 comentarios:
Ya sabes lo que tienes que hacer...
Hola Checo…
Te contaré que ya tengo algunos años. En mi época existían las boticas, la compraventa de libros y revistas usadas, el boliche donde se tomaban puntos a las medias, la leche se vendía en botellas en un carretón y comprábamos las mercaderías en el almacén de la esquina con una libreta de tapas negras y puntas achurrascadas que hacía las veces de tarjeta de crédito, sin intereses. Jugábamos al trompo, al emboque y nos entreteníamos con el run-rún que para hacerlo poníamos tapitas de bebida en la línea del carro para dejarlas filuditas.
Como no teníamos TV, ni cable, ni PC, ni DVD…la tecnología audiovisual se reducía a la radio de dos perillas y para complementar nuestra recreación y utilizar nuestros tiempos teníamos que desarrollar juegos de grupo como la alerta, el paso, el caballito de bronce, el parir la chancha, las comisiones de volantines y, por supuesto, las bolitas en sus diferentes variedades. Cuando nos disfrazábamos todos éramos o cowboys o piratas.
La ropa era eso…ropa. Camisetas, calzoncillos, camisas y pantalones sin etiqueta que se compraban en la tienda, zapatos a los que se les daba un nuevo aire cambiándoles media zuela y taco y calcetines que con el mismo objetivo se les remendaban las “papas” en los talones y punta. Las zapatillas eran blancas y se usaban sólo para gimnasia, arriscadas en la punta y duras como piedra, sin aire ni luces.
Sin mayor abundamiento comprenderás que en ese ambiente no podían existir las grandes tiendas, los malls, los supermercados, no había canales para propaganda masiva ni monstruosas campañas publicitarias para fomentar una compra o incentivar un consumo. Sólo serios letreros en las calles y diarios.
¿Adonde llego con esto? A que todavía no se daban las papas para inventar el Día del Padre, el Día de la Madre, el Día del Niño, el Día del Anciano, el Día del Amigo, el Día del Vecino, el Día del Enemigo, el Día del P…
Por lo tanto, nosotros los “peques” vivíamos en una despreocupación total, tanto afectiva como monetaria ya que se suponía que queríamos a nuestras madres, padres, abuelos y amigos todos los días del año y nadie nos obligaba a decirles ¡¡¡FELIZ DIA PAPA!!! con las manos en la espalda para ocultar el regalito que mamá ha comprado hace una semana para celebrarlo. No inflábamos globos…no inflábamos a nadie en un día determinado.
Entonces, no existían los recordaris con una semana de anticipación ni las compras apuradas. Y tampoco había papás frustrados por el aparente descariño de los hijos.
¿Hemos avanzado?
Te quiero
Checo papá
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