miércoles, diciembre 03, 2008


En círculos conservadores de la medicina chilena se juzga la figura del reanimador SAMU como una flagrante intromisión en la práctica explícita de la medicina.

Bueno, esta es una intromisión que lleva catorce años y que, como he mencionado en otros espacios, los juicios enarbolados solo representan intereses disciplinarios más relacionados con prerrogativas y relaciones de poder que con la nueva organización del trabajo que trajo consigo el mercado global.

Ante una conversación en la que se planteaba esta temática, hace algún tiempo le comenté al médico jefe de mi centro regulador que en lo personal mi intención jamás ha sido la de ser médico, que no ando cargando complejos profesionales, y le hacía ver que si me encuentro en esta situación es más producto de una anomalía que del azar. En esta conversación el me decía que los reanimadores eran como los convidados de piedra a una boda, en la que además de encontrarse en lugar inadecuado manifestaban deseos de llevarse a la novia a la cama.

Con el paso del tiempo me convenzo que mi estimado amigo equivoca la mirada y su metáfora revela una sensibilidad histórica que no atiende la evolución del mundo actual. Me parece escuchar que el problema no se encuentra en la intromisión de prácticas médicas, no se trata de bodas, de invitaciones forzadas ni de seducciones. Se trata de ser capaz de hacerse parte de una problemática y resolverla. Y por supuesto, de hacerlo bien.

Y allí está el fundamento (potencial) de las quejas: ¿se está haciendo bien?. Cifras extraoficiales indican que ante los procedimientos anuales en el SAMU metropolitano el 1% corresponde a quejas formales y el 17% a reclamos informales de tono menor. Sobre sumarios con reconvenciones no dispongo de datos ni tampoco de estadísticas provenientes de los servicios SAMU, de urgencias hospitalarias u otros servicios con características similares. En algunos lados se cuecen habas, en otros se recuecen. ¿En que olla estaremos?

Poco se habla de las ventajas de esta anomalía. La figura del reanimador ha sido atacada reiteradamente y con expectativas fatalistas son muchos los que esperan su caída. Sin embargo, a lo largo de esta casi década y media pareciera que hay más argumentos a favor que en contra de su mantención. Al menos desde los contextos económico, de satisfacción y técnico, muy a pesar grupos profesionales que desean conservar sus tradiciones históricas intactas en cuanto a poder, campo laboral e identidad. Un buen ejemplo de eso lo constituyen las diferencias contractuales y de prácticas que se perciben en las regiones del país donde los atavismos se conservan con fuerza y la mirada sigue siendo vertical indicando que el desarrollo nacional de la figura del reanimador no sigue la primera tendencia y es desigual. Si de política y poder se trata, solo es posible hacer augurios inciertos. O desaparecemos o nos reforzamos.

Por ahora deberemos seguir aguantando la resistencia acoplada a los cambios de paradigmas de esos con poder que se oponen a las fuerzas sociales y a la evolución transdisciplinaria de las disciplinas emergentes. Me suenan a los que en su momento declararon estar en contra de la electricidad o los contemporáneos antiglobalización enojados con la internet.

Ahora puedo comprender el punto de vista de mi regulador jefe que ante un versátil escenario muchos novios se encuentren preocupados, más aún cuando al no cumplir las labores propias de su condición, se presenten solícitos y bien dotados pretendientes deseosos de hacer la pega pendiente.


Foto: waytru

Etiquetas: