jueves, noviembre 15, 2007



Hay dos eventos que me cuestan. Mi cumpleaños y la navidad. A quien le haya ocurrido tal vez comprenda esa sensación .

Hace pocos días participe de mi cumpleaños 41. Desde los doce años que ese día intento, con más o menos suerte, la práctica de la desaparición. La cimarra, me raptan o me pierdo, me invento una salida de la ciudad o solamente me retiro al interior vasto de mi mismidad. Con poco orgullo reconozco que desde los doce sigo siendo un pendejo y vengo experimentando esa absurda sensación de ambivalencia emocional que va desde que no deseo que sepan que estoy de cumpleaños a que me llamen todos mis amigos. Algo así como un pequeño retraido que desea que lo apapachen y empecinado rechaza el deseado acercamiento.


Bueno, este año no pude safarme y debí acudir a mis responsabilidades por lo que estuve expuesto a mi propia tontera gran parte de ese bendito día.

Me ocurrió lo más extraño. Salvo mi pareja que me saludó, nadie más llamó durante la mañana. Depresion profunda.

Estaba saliente de turno y decidi no contar que estaba de cumpleaños. En la universidad si no sabian, no lo sabian. Y no lo supieron.

Bueno,... la cosa es que ya pasadas las 12 de día (hora extrema para saber quien se acuerda de ti) recibí las llamadas formales de mis padres, hermana e hijos, ( en un acto de autoridad a estos ultimos les solicite que me llamaran temprano la próxima fecha de mi cumpleaños), y salvo esas manifestaciones, mi telefono solo sono para contestar una llamada de mi ejecutivo de cuentas que con gran emocion (que para desconcierto mio logro traspasarme) me saludo por ese dia. Con igual sorpresa me encontre un gran numero de mails en mi cuenta de correo, generadas por robots, spam y agencias varias que felicidades y tarjetas electronicas me enviaban por ese evento tan importante. Se habian acordado "por defecto" de mi .

Por la noche, en una hermosa cena con igual categoria de acompañante, en un elegante pub ñuñoino, termine con mi ritual de adolescente. Finalmente, decidi romper con mi tabu y llame a mis amigos para solicitarles que me saludaran por la fecha, lo cual hicieron en tonos variados por no tener la decencia de avisarles con anticipacion y al final... el insensato era yo.

Apaciguado por mi audaz comportamiento, sin embargo, me costo eliminar, a partir de las expresiones recibidas, esa amarga percepcion de sentir que, a medida que transcurre el tiempo y la velocidad de la vida se instala en las relaciones, al dia de hoy soy mejor cotizado como cliente que como amigo. ¿Le parece familiar?


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