jueves, junio 22, 2006


Afecta el ánimo cuando veo o me cuentan sobre ese kinesiólogo a quien le pegan en las manos, a quien le limitan la práctica, a quien ya por prejuicio o ignorancia le suspenden la sesión o impiden dar atención a personas que requieren su arte. Más lamentable aún es verlo pidiendo permiso para hacer, temeroso y enojado, ocupado de demostrar, moviéndose como pisando huevos, creyendo equivocadamente que la respuesta a su dilema de credibilidad está en justificar con el detalle técnico, y no se explica el porque aunque estudia y estudia, nada cambia. Ese ser autista y arrogante que no entiende que no basta con mostrarse como el experto ante sus pares, que no entiende que el problema es que no le tienen confianza, que no sabe que no sabe solucionar problemas, que no cuenta con herramientas comunicacionales, a quien no le enseñaron a trabajar en equipo, y que ante esa detestable pesadilla interna de verificarse como un perdedor se retira mirando al suelo y mascullando por lo injusto del día a día que toca vivir. Y anda por ahí con ganas de pelearla pero frustrado, muchas veces sin ganas, sin convencimiento, sin conciencia interior, sin filosofía, sin personalidad y lleno de argumentos teóricos que a nadie interesa.
A veces lo único que desea es cambiar de especialidad o incluso de profesión, o hacer lo que sea para modificar ese presente, porque hasta el auxiliar de servicio le bromea con la identidad que le acontece. Y siente que no puede porque no tiene la energía, la fuerza, la orientación y lo que es peor no tiene apoyo. Porque es lo que estudió y solo cuenta con jefaturas fofas, descomprometidas y resignadas, tan confundidas como el, que poco saben de lo que es ser kinesiólogo, que incluso regulan la práctica para que les sigan pegando en las manos, reproduciendo la frustración, el sometimiento, traspasándolo. Jefaturas igualmente desorientadas y a la deriva que solo han aprendido a ser kinesiólogos bajo el patronaje de otros, agüachados y disautónomos.

Para él es cotidiano verificar que el gremio de las enfermeras le desprecia abiertamente y que los médicos no lo hacen peor. Sabe muy bien que ellos han sido formados con el convencimiento de que su intervención es deletérea, intervención de la que desconfian y que deben resguardar, supervisar, controlar y sancionar, que es indicada bajo provisión de enfermería, a fin que a "sus " pacientes no les ocurra nada malo con ocasión de la kine. Y el pobre desdichado (desubicado) solo atina a responder con una respuesta condicionada de sometimiento, por la que sabe con vergüenza habría que meterlo en una juguera y aplicar el máximo de potencia, eso sí que con alo más de cuerpo, dignidad, conocimiento, actitud, profesionalismo, autoconvencimiento, filosofía, autocrítica, competencias, resiliencia y superación.

Lo he visto en la mayoría de los hospitales de Santiago y en todas las clínicas privadas....también en más de una ocasión en el espejo. Usted ¿lo ha visto?